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La oración


El relato en los primeros capítulos de Génesis nos cuenta que Dios no sólo creó al ser humano a su propia imagen y semejanza (de Dios), sino que se paseaba a diario con los humanos, aparentemente disfrutando de su compañía y conversación. Parece ser que esto le resultaba importante a Dios: poder oír las voces de los humanos que se dirigían a él con total confianza, contándole las diversas experiencias vividas durante el día, los descubrimientos realizados y las ocurrencias de sus mentes.
Pero un día Dios vino como siempre a la cita diaria y ellos no estaban allí esperándole con su natural y regular gozo cálido e inocente.
—¡Adán! ¿Dónde estás?
—Oí tu voz en el huerto y tuve miedo, porque estoy desnudo, y me escondí.
No me cabe duda de que Dios sigue fiel, asistiendo día tras día al encuentro con los humanos, deseando hoy también cada día escuchar nuestras voces y oírnos. Oír ya no solamente acerca de nuestras experiencias de gozo y descubrimiento y las ocurrencias de nuestros pensamientos; sino también acerca de nuestros sinsabores, temores, angustias y sufrimientos que el pecado de la humanidad ha traído sobre cada humano en particular.
Acudiendo a esta cita Dios descubre a veces que el ser humano le habla pero ya no le escucha. Clama «¡Dios mío!» ante el peligro o la sorpresa, encomienda a Dios a sus amigos al despedirse («adiós») pero ya sin esperar respuesta. Incluso, a veces, como ya no sabe escuchar a Dios, pensándole distante, enfadado o desatento, inventa extraños y a veces crueles rituales para llamar su atención. Incluso a veces llega a matar animales o a un niño con la esperanza de que Dios le escuche. Y Dios, que ya de por sí siempre escucha el suave y secreto suspiro de cada uno de sus hijos, sufre al observar que sin embargo a él no le oyen.
Pero otras veces los humanos ya ni se preocupan por hablarle en absoluto. Dan tan por perdida la posibilidad de comunicación con su Creador, que sencillamente guardan silencio.
¡Ah! pero hay otros que sí han aprendido a escucharle. Personas en quienes el Espíritu Santo de Dios ha puesto un corazón nuevo y un espíritu nuevo, ha abierto sus oídos interiores, que no los de la carne, para que se den cuenta de que Dios está ahí cerca, muy cerca. Gracias al Hijo otros también aprenden a hablar con él como hijos, a soltar la lengua y contarle, como en el Edén, toda la rica variedad de sus pensamientos y experiencias y anhelos. El diálogo cortado vuelve a reanudarse. Y después de miles de años el corazón de Dios se conmueve otra vez al escuchar la conversación tierna de sus amados.
Doblemente trágico resulta, entonces, que tantos cristianos se sientan demasiado ocupados como para asistir a la cita. Otra vez dejan de acudir a la conversación con Dios. Adán faltó porque tenía miedo. Otros porque no saben ya escuchar a Dios. Pero nosotros, porque «no tengo tiempo». Lo cual, obviamente, es una mentira que a nadie engaña: siempre hay tiempo para lo que de verdad interesa. El hecho es que nos aburre. Por el motivo que sea, no despierta en nosotros ternura ni deseo ni placer ni pasión.
—¿Dónde estás? —sigue preguntando Dios.
—¡Vete, que estoy ocupado! —es lo que escucha en respuesta.
¿Cómo orar? ¿Cuándo orar?
¡Como sea, cuando sea!
A horas fijas.
En todo momento y «sin cesar» como recomienda el apóstol, refiriéndose a esa conciencia permanente de la presencia, escucha y guía de Dios, que es posible cultivar y hacer habitual en uno.
Con las palabras que te salen del corazón ante la situación del momento.
Con las palabras escritas o aprendidas de memoria que repites meditando en su sentido: salmos, canciones y oraciones hechas.
Sin palabras, viviendo la vida constantemente delante de Dios, contando con él en todo; un diálogo mudo, una comunión del espíritu que en cualquier momento puede irrumpir en palabras.
Como sea, pero que sea y que se haga hábito y llegue a ser parte de la misma naturaleza, como la respiración y el ingerir alimentos.
Y cuando ya no sepas de qué más orar, coge el periódico o conversa con cualquier vecino, y tendrás temas de sobra para hablar con Dios.

Fuente: sindinero.com


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