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Gracias a Dios por Jesucristo Señor Y Salvador nuestro

Del corazón de Dios no salen los tropiezos, en su trono no hay tempestades; los cardos y espinos están aquí en la tierra, aparecieron como consecuencia de Adán y Eva no obedecer las reglas impartidas por Dios en el huerto del Edén. (génesis 3.1-19). A veces en medio del dolor, de nuestro interior sale una pregunta ¿Por qué Dios me tiene así? Lo cierto es que no es que Dios nos haya metido por aquí o por allí, si no que las sombras y los temores del tiempo presente son condiciones asociadas a la furia tempestuosa de las consecuencias de la desobediencia, y azotan a todos los humanos. En cambio, lo que Dios ha hecho es el favor de visitarnos en el mundo de las lagrimas y del dolor, para sanarnos (Isaías 61.1-4). El ha hecho el bien de meterse junto a nosotros entre las aflicciones, como con los jóvenes hebreos en el horno de fuego, y hasta aprovecha los momentos pésimos para refinarnos, para perfeccionar la fe en nosotros. No tratemos nunca de culpar a Dios, porque podremos en ninguna manera  atribuirle nada a el, nunca, en cambio démosle gracias por enviar a Jesucristo, Señor y Salvador nuestro.  Para levantarnos y enfrentar cada tropiezo será más afectivo si tenemos conciencia clara del ambiente donde vivimos, recordando que la hostilidad del mundo nunca es superior al control que Dios tiene por encima de todo, y aceptando también que las promesas de Dios prevalecen ante el desaliento. 

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